El primer vuelo de Leonardo

Por Koncha Pinós

Estoy en Consciousness 2.0, un encuentro organizado por The Pari Center, esa institución enclavada en la Toscana que fue fundada por F. David Peat, físico, filósofo, discípulo de Bohm, y hoy dirigida por Alex Gómez Marín. Aquí, entre cipreses antiguos y conversaciones modernas, el tiempo se dilata y la conciencia suspendida se vuelve tema central, no sólo de estudio, sino de vivencia.

En estos días, en las sesiones que compartimos, se habla de la mente como campo, de la conciencia como fenómeno irreductible, de realidades emergentes más allá de la materia, de cual podría ser el esquema que la explicase. Sin embargo, cada vez que se mencionan algoritmos, redes neuronales artificiales, o simulaciones de estados mentales, mi pensamiento vuela —como un pájaro sobre el Arno— hacia otro toscano, cuya forma de mirar el mundo aún no hemos alcanzado del todo: Leonardo da Vinci.

Leonardo vivió en el umbral de un nuevo mundo. Como nosotros. En su tiempo, el viejo orden se fragmentaba, la fe se agitaba bajo nuevas preguntas, y la ciencia asomaba como un modo fresco de leer el universo. Era el inicio del Renacimiento. Y aunque sus obras, máquinas, cuadernos y pinturas se han vuelto símbolos de genialidad, lo que más nos habla de él hoy no es su técnica, sino su conciencia. La manera en que habitó el mundo.

Porque Leonardo, como nosotros, vivió entre ruinas y nacimientos. Entre guerras, epidemias, oscuridades. Y sin embargo, miró con profundidad, buscó sin descanso, voló —aunque sus alas nunca despegaran del suelo. 

Vinci: un primer laboratorio del asombro

Leonardo nació en 1452, en Vinci, un pequeño pueblo entre colinas, olivares y silencio. No nació en Florencia ni en Roma, sino en una frontera: entre lo urbano y lo rural, entre lo legítimo y lo ilegítimo, entre lo humano y lo natural. Fue hijo ilegítimo de un notario y de una campesina. No accedió a estudios clásicos. No fue sacerdote, ni noble, ni militar. Fue, como muchos hoy, un ser liminal.

Y es quizás esa condición la que le permitió mirar el mundo con libertad. Mientras otros aprendían a leer textos, Leonardo aprendía a leer formas, gestos, flujos. Observaba a los pájaros como si fuesen códices. Miraba el agua, las ramas, los huesos, como si todo tuviera lenguaje. Y lo tenía.

“La naturaleza es el verdadero libro del conocimiento”, escribió.

Hoy repetimos esas palabras, pero las olvidamos rápido. La naturaleza, para Leonardo, no era un decorado. Era la maestra suprema. Y su laboratorio fue el paisaje. Ayer caminando con mis compañeros por los campos de la Toscana al alba, estábamos suspendidos en una pintura, que era identica a la que el vio.

Nosotros, en cambio, vivimos separados del entorno. La inteligencia artificial reemplaza la intuición; los sensores reemplazan el cuerpo; los mapas reemplazan el terreno. Leonardo no necesitó más que su ojo entrenado, su mano, su cuaderno y su presencia. Y quizás por eso su conocimiento era encarnado: no estaba en la nube, estaba en la sangre.

Una Imaginación radical, para la ciencia encarnada

En los cuadernos de Leonardo se cruzan alas de pájaros, máquinas imposibles, estudios anatómicos y poemas sobre la luna. La ciencia no era para él una actividad separada del arte. Era una forma de amor profundo por lo real.

“El que más sabe, más ama”, dirá siglos después Goethe, resonando con ese espíritu.

Pero Leonardo no era un romántico ingenuo. Era ingeniero, anatomista, inventor. Diseccionaba cuerpos, estudiaba fluidos, pensaba sistemas hidráulicos. Sin embargo, lo hacía desde la intuición de lo sagrado. Cada forma que analizaba era también un misterio. Por eso no buscaba dominar la realidad, sino sintonizarse con ella.

Hoy, muchas veces, la ciencia olvida esto. Se vuelve abstracta, fragmentada, desconectada de la experiencia humana. Nos dice cómo funciona el cerebro, pero no sabe aún por qué sentimos. Nos mide el tiempo, pero no nos ayuda a vivirlo. Leonardo entendía que todo saber sin transformación interior es estéril.

“El conocimiento que no nace de la experiencia es vano.”

Esta frase suya podría presidir cualquier laboratorio contemporáneo. Porque si la ciencia no toca el alma, no sirve. Y si la conciencia no toca la ciencia, se queda en materialismo vacío. Leonardo unió ambas dimensiones. Vivió entre átomos y ángeles. Y ese equilibrio es lo que hemos de recuperar.

El vuelo y el fracaso: metáfora del siglo

Leonardo soñó con volar. Lo intentó muchas veces. Estudió el vuelo de las aves, diseñó alas mecánicas, escribió sobre corrientes de aire y sustentación. Nunca voló. Pero su mirada sí lo hizo.

Ese primer vuelo —el de la imaginación informada, de la conciencia atenta, del conocimiento que observa sin invadir— es el que necesitamos hoy. En un mundo obsesionado por ir más rápido, más alto, más lejos, Leonardo nos trae a la memoria que el verdadero vuelo comienza por descender: al cuerpo, a la tierra, a lo esencial.

Su fracaso no fue un error. Fue un límite. Y los límites crean márgenes y liminales, enciencia como en arte, son umbrales de lucidez. Hoy, frente a las crisis planetarias, a la inflación del yo, al culto al rendimiento, necesitamos volver a ese gesto: tocar el límite, a profundizar en los umbrales, para imaginar otras formas de volar.

Leonardo entendía que volar no es evadir. Es elevar la conciencia, no el ego. Es mirar desde otro lugar, no huir. En eso consiste la auténtica innovación: no en crear lo que no existe, sino en ver con nuevos ojos lo que siempre ha estado ahí.

Dos siglos, una conciencia

Si el siglo XV fue el umbral del Renacimiento, el siglo XXI es el umbral de otro tipo de renacimiento. Un renacimiento que no será tecnológico, sino de la conciencia; no será material, sino ecológico; no será individual, sino planetario.

Leonardo vivió en una época de transición profunda. Nosotros también. Él vio cómo el mundo viejo colapsaba y un nuevo orden surgía, sin garantías. Nosotros vivimos en la incertidumbre permanente. Pero en ambos casos, la pregunta es la misma:
¿cómo sostener la conciencia cuando todo cambia?

Leonardo nos da una pista. Sosteniendo el cuerpo. Sosteniendo la atención. Sosteniendo la relación con el mundo visible e invisible. No con respuestas, sino con presencia lúcida, explorando los umbrales de la conciencia.

Hoy hablamos mucho de conciencia expandida, neuroplasticidad, estados alterados. Pero quizás, más que expandir, debamos explorar para encarnar. Encarnar una ciencia que escuche. Una educación que contemple. Una tecnología que no suplante la vida, sino que la prolongue.

Leonardo no era activista. Pero su vida fue un acto radical de resistencia: mirar con profundidad, cuando todos miraban con superficialidad. Vivir en la complejidad, cuando otros buscaban certezas. Y sobre todo, no dejar de preguntar.

Volver a Vinci, mirar el cielo

Un día de primavera, hace años, llegué a Vinci. El pueblo sigue allí, entre colinas suaves y perfumes de tierra. Hay una pequeña torre, un museo, un aire de misterio. Todo parece igual. Pero algo vibra. No es el turismo ni la memoria. Es la presencia aún viva de una mirada.

La conciencia de Leonardo no está en sus obras. Está en la forma en que habitó el mundo. Y eso es lo que nos queda: aprender a mirar como él. Con precisión y poesía. Con rigor y ternura. Con asombro y responsabilidad.

Estamos a tiempo de volar. No con alas mecánicas, sino con la conciencia despierta. El primer vuelo de Leonardo no fue un despegue técnico. Fue una decisión interior: atreverse a mirar el mundo con profundidad, a pesar del miedo, del límite y del fracaso.

Hoy, en esta nueva Toscana, reunidos en torno a la pregunta por la conciencia, el legado de Leonardo resuena como un susurro antiguo:
«Mira. Comprende. Y luego vuela.»

Porque volar, ahora como entonces, no es conquistar el cielo.
Es honrar la tierra desde otra altura.

Gracias The Pari Center, por vuestros 25 años de conciencia. Gracias Alex, por Counciousness 2.0

Estudia con nosotros:

Psicoterapia Contemplativa

Programa anual de meditación

Diplomado en Ecopsicología y Terapias basadas en la Naturaleza (2 años)

#thewellbeingplanet #konchapinos65 #counciousness #ecopsicologia

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp