El camino de la meditación comenzó para mí en la intimidad de un cuarto preparado con cuidado: incienso encendido, símbolos sagrados e imágenes que acompañaban mi recogimiento. Allí, sentado sobre cojines, mi práctica era un viaje interior, silencioso y protegido.
Hoy, la vida me ha llevado lejos de aquel espacio. Sin cojines ni comodidades, con cansancio y esfuerzo, la práctica continúa, pero transformada. Ahora no se limita a un acto individual: cada paso, cada respiración, cada instante de presencia se ofrece como mérito para el máximo de seres.
He comprendido también que la verdadera práctica no es sólo sentarse a meditar, sino aprender a hacer de lo cotidiano algo trascendental, viviendo con coherencia y con ética.
Gracias, maestra, por mostrarnos el camino y recordarnos que la práctica auténtica nace en el corazón y se expande más allá de uno mismo.
Catalina Miranda
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