Por Koncha Pinós
Hay decisiones que no se toman desde la razón pura ni desde la emoción inmediata. Hay actos de discernimiento que emergen del fondo de nuestra historia, como si algo en nosotros ya supiera, ya hubiera vivido, ya hubiera dicho sí o no antes de que la conciencia lo articule. ¿Dónde nace ese saber? ¿En qué lugar de la experiencia humana se teje la intuición de lo justo?. Este articulo es en honor de esas partes de nosotros mismos inconscientes, que creemos sepultadas e inexistentes y de repente salen a nuestro auxilio, y todo cambia
Paul Ricoeur, en su obra Soi-même comme un autre (1990), no responde a estas preguntas desde una teoría del conocimiento, sino desde una hermenéutica del sí, una forma de leer la vida como un texto en constante reescritura. En este libro, monumental y silencioso como los grandes pensamientos, el filósofo francés traza una cartografía del yo ético, pero no lo hace solo desde la lógica, sino desde la memoria, la promesa, la herida y la responsabilidad.
La identidad no es lo mismo
Ricoeur distingue entre dos formas de identidad: la mismidad (idem) y la ipseidad(ipse). La primera se refiere a aquello que permanece idéntico a través del tiempo; la segunda, en cambio, es la fidelidad a sí mismo, una forma más frágil y abierta de ser. Y es en esa fragilidad donde aparece el otro. No somos sujetos cerrados, sino relatos inacabados, atravesados por voces, silencios, rostros que nos miraron y a los que respondimos —o no.
Aquí se abre el espacio del discernimiento: no como un acto aislado de evaluación moral, sino como la capacidad de interpretar la vida desde una tensión constante entre la permanencia y la transformación, entre lo que fui, lo que soy y lo que aún puedo llegar a ser.
Discernir es narrar con conciencia
En un tiempo donde la ética se ha convertido en norma o en eslogan, Ricoeur nos devuelve al terreno más hondo de la responsabilidad: la construcción narrativa del sí mismo. No discernimos como máquinas lógicas. Discernimos porque nos narramos. Cada vez que decidimos, nos contamos una historia. Nos decimos: «Esto no soy yo» o «Así quiero vivir». La ética, en este sentido, no es una ley externa, sino una forma de mantener fidelidad al hilo invisible que da sentido a nuestra biografía.
¿Quién serías tú si fueses capaz de sostener esa fidelidad? ¿Qué actos quedarían fuera del relato de tu vida, y cuáles la honrarían?
El otro como lugar del juicio
En el centro del pensamiento de Ricoeur está el otro, no como amenaza, sino como el espejo donde la identidad se pone a prueba. No podemos discernir sin el otro. No porque necesitemos su aprobación, sino porque toda decisión que nos involucra éticamente modifica la trama de las relaciones. El discernimiento, entonces, es una forma de hospitalidad narrativa: una apertura al otro sin perder el hilo de lo propio.
Aquí, el yo no se define contra el otro, sino a través de él. Me reconozco en tanto me comprometo. Y en ese compromiso, aparece una ética del cuidado, de la palabra empeñada, de la memoria viva.
Silencio y promesa
Ricoeur sabía que hay decisiones que no se pueden argumentar del todo. Que hay discernimientos que se hacen en el silencio interior, en esa zona donde la filosofía se encuentra con la oración, donde la conciencia no habla sino que escucha. En ese lugar habita lo que él llamaba la promesa, esa capacidad humana de comprometerse con el porvenir.
Discernir es, al final, una promesa que nos hacemos a nosotros mismos y a los otros. Promesa de sentido. Promesa de verdad. Promesa de ser dignos del relato que vivimos.
¿Y tú?
¿Quién serías si te narraras con fidelidad?
¿Quién eres cuando eliges no traicionar tu relato más profundo?
Quizás el discernimiento no sea tanto una técnica como un arte: el arte de sostener el hilo de lo verdadero en medio del ruido del mundo.
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