Sanar la ansiedad en tiempos de guerra

Por Koncha Pinós

La ansiedad en contextos de guerra no puede entenderse como un trastorno individual aislado, sino como una respuesta neuropsicológica compleja ante entornos caracterizados por amenaza impredecible, pérdida de control y sobrecarga informativa. Desde la neurociencia contemporánea, sabemos que el cerebro humano está diseñado para detectar peligro y priorizar la supervivencia; sin embargo, cuando esta activación se vuelve sostenida, el sistema nervioso entra en un estado de hiperalerta crónica que altera profundamente la percepción, la cognición y la regulación emocional. En este sentido, la ansiedad no es una anomalía, sino la expresión de un sistema que intenta adaptarse a condiciones que exceden su capacidad de procesamiento.

El eje central de esta respuesta se encuentra en la interacción entre la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal. La amígdala, como estructura clave en la detección de amenaza, aumenta su reactividad ante estímulos ambiguos o potencialmente peligrosos, amplificando la respuesta de miedo incluso en ausencia de un peligro inmediato. El hipocampo, encargado de contextualizar la experiencia, puede ver comprometida su función bajo estrés prolongado, dificultando la distinción entre pasado, presente y futuro. Por su parte, la corteza prefrontal —responsable de la regulación, la toma de decisiones y la inhibición de respuestas impulsivas— reduce su actividad cuando los niveles de cortisol se mantienen elevados, lo que limita la capacidad de pensamiento reflexivo y favorece respuestas automáticas orientadas a la supervivencia.

Este desequilibrio neurofuncional genera un fenómeno particularmente relevante en tiempos de guerra: la anticipación catastrófica. El cerebro, en su intento de predecir y evitar el peligro, construye escenarios futuros altamente negativos que activan el sistema nervioso como si ya estuvieran ocurriendo. Desde un punto de vista evolutivo, esta capacidad anticipatoria tenía valor adaptativo; sin embargo, en entornos de amenaza difusa y constante, se convierte en una fuente continua de activación fisiológica. La ansiedad deja entonces de ser una señal puntual para transformarse en un estado basal, en el que el organismo opera como si el peligro fuera permanente.

A este proceso se suma la dimensión de la exposición mediática. La repetición constante de imágenes, relatos y datos asociados a la violencia activa los mismos circuitos neuronales implicados en la experiencia directa del trauma. Estudios en neurociencia afectiva han demostrado que la observación reiterada de contenido traumático puede generar respuestas similares a las del estrés postraumático, incluso en individuos que no han estado físicamente expuestos al conflicto. El cerebro no distingue con precisión entre lo vivido y lo intensamente imaginado o percibido; responde en función de la carga emocional y la frecuencia de la estimulación.

Desde una perspectiva psicofisiológica, este estado sostenido de alerta implica una activación continua del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HHA), con liberación prolongada de cortisol y catecolaminas. A corto plazo, estas sustancias permiten una respuesta adaptativa; a largo plazo, generan desgaste sistémico, alteraciones en el sueño, dificultades atencionales, irritabilidad, fatiga crónica y una disminución de la capacidad de regulación emocional. La ansiedad en este contexto no es solo una experiencia psicológica, sino una condición corporal total que afecta a múltiples sistemas del organismo.

Sanar la ansiedad en tiempos de guerra, por tanto, no implica eliminar la respuesta de activación —lo cual sería biológicamente inviable—, sino restaurar la capacidad de regulación del sistema nervioso. Este proceso requiere reestablecer la comunicación funcional entre las regiones subcorticales y corticales del cerebro, facilitando que la corteza prefrontal recupere su papel modulador sobre las respuestas automáticas de la amígdala. Intervenciones basadas en la respiración consciente, la atención sostenida y la percepción interoceptiva han demostrado su eficacia en la reducción de la hiperactividad amigdalar y en el fortalecimiento de las redes prefrontales, permitiendo una mayor flexibilidad cognitiva y emocional.

Asimismo, el trabajo con el cuerpo adquiere un papel central. La teoría polivagal ha puesto de relieve la importancia del nervio vago en la regulación del sistema nervioso autónomo, mostrando cómo estados de seguridad percibida pueden contrarrestar la activación simpática excesiva. Prácticas que involucran el ritmo, el movimiento lento, la conexión con entornos naturales y la interacción social segura contribuyen a activar el sistema parasimpático, facilitando estados de calma y restauración. La regulación no se alcanza únicamente a través del pensamiento, sino mediante experiencias corporales que reconfiguran la percepción de seguridad.

Desde una perspectiva existencial, la ansiedad en contextos de guerra introduce una ruptura en la relación del sujeto con el tiempo y el sentido. La incertidumbre prolongada debilita las narrativas internas que organizan la experiencia, generando una sensación de desorientación que no puede resolverse únicamente mediante información o control externo. En este punto, el trabajo psicológico se orienta hacia la reconstrucción de marcos de significado que permitan integrar la experiencia sin quedar absorbido por ella. No se trata de negar la amenaza, sino de evitar que esta monopolice la totalidad de la conciencia.

En términos clínicos, esto implica fortalecer la función reflexiva, es decir, la capacidad de observar los propios estados internos sin identificarse completamente con ellos. La diferenciación entre percepción, pensamiento y realidad se convierte en una herramienta fundamental para interrumpir los ciclos de reactividad automática. Este proceso no elimina la ansiedad, pero modifica la relación con ella, transformándola de una experiencia invasiva en un fenómeno que puede ser contenido y comprendido.

Finalmente, es necesario reconocer que la regulación emocional en contextos de guerra no es exclusivamente individual. El cerebro humano es inherentemente social, y los sistemas de co-regulación juegan un papel determinante en la estabilización del sistema nervioso. La presencia de otros, la comunicación significativa y la construcción de redes de apoyo activan circuitos de seguridad que modulan la respuesta al estrés. La ansiedad, en este sentido, no se resuelve en aislamiento, sino en relación.

Sanar la ansiedad en tiempos de guerra es, en última instancia, un proceso de reintegración neuropsicológica y existencial. No consiste en recuperar un estado previo de estabilidad, sino en desarrollar nuevas formas de regulación, percepción y sentido en un contexto donde la incertidumbre es estructural. La clave no reside en eliminar la respuesta de alarma, sino en impedir que esta se convierta en el único modo de estar en el mundo.

Perfil de la autora

Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es especialista en neurociencia contemplativa, psicología y neuroestética, con una trayectoria internacional centrada en la intersección entre mente, percepción y experiencia estética. Es fundadora y directora de The Wellbeing Planet, una organización presente en múltiples países que desarrolla proyectos de investigación, formación e intervención en bienestar, biofilia y conciencia.

Autora de más de 29 libros y numerosos artículos, su trabajo explora cómo la experiencia estética, la contemplación y la relación con la naturaleza impactan en la regulación emocional, la cognición y los estados de conciencia. Ha desarrollado investigaciones y programas aplicados en contextos clínicos, educativos y artísticos, colaborando con museos, artistas y comunidades internacionales.

Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), la APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (Estados Unidos), el programa de Art and Architecture de UNESCO (Emiratos Árabes Unidos) y la International Society for Contemplative Research (Estados Unidos). Su enfoque integra psicología profunda, neurociencia y prácticas contemplativas, con especial interés en los procesos de regulación en contextos de incertidumbre y crisis.

Mas sobre ella www.thewellbeingplanet.org y www.biophiliandart.com

Bibliografía

Joseph LeDoux — The Emotional Brain: The Mysterious Underpinnings of Emotional Life
Bessel van der Kolk — The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma
Stephen W. Porges — The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation
Antonio Damasio — Self Comes to Mind: Constructing the Conscious Brain
Jaak Panksepp — Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions
Daniel J. Siegel — The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are
Viktor E. Frankl — Man’s Search for Meaning
Irvin D. Yalom — Existential Psychotherapy
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