Hoy, al iniciar un nuevo grupo, sentí que no era yo quien guiaba la meditación. Cada persona traía una forma distinta de habitar el silencio, y en ese compartir apareció una nueva manera de contemplar.
Comprendí que nadie sostiene el camino solo. Nos guiamos mutuamente. En cada encuentro algo del otro nos revela partes nuestras que aún no habíamos escuchado.
Entonces la pregunta dejó de ser quién enseña y quién aprende. Porque cuando el grupo entra en presencia, la meditación sucede sola. Como si por un instante todos respiráramos desde el mismo centro o comprendemos que somos respirados por el mismo aliento de vida.
Y quizá ahí nazca también la verdadera motivación: la bodhicitta que tantas veces escuchamos nombrar en meditaciones deja de ser una idea para encarnarse en la experiencia viva del encuentro. Como diría Francisco Varela, el conocimiento ya no queda solo en el entendimiento; se vuelve cuerpo, presencia y transformación.
Pasar de estudiar, leer y buscar respuestas en los libros a vivir la experiencia en el cuerpo, en el silencio compartido y en el vínculo con otros, ha sido uno de mis aprendizajes más profundos. Porque hay comprensiones que solo aparecen cuando dejamos de intentar entenderlas y comenzamos a habitarlas.
Y quizás ahí esté lo más hermoso: creer que venimos a acompañar, y descubrir que también veníamos a ser transformados.
Agradezco profundamente a Koncha Pinos, mi maestra y mi amiga, por todo lo transmitido, por animarme, acompañarme y abrir caminos en este hermoso viaje interior.





