El exceso de intimidad y la desaparición del deseo
Por Koncha Pinós
El salón estaba en silencio. No un silencio tranquilo, sino ese tipo de silencio denso y suspendido que aparece cuando dos personas llevan demasiado tiempo evitando nombrar aquello que ambos ya saben. Afuera comenzaba a oscurecer y la luz tenue de la tarde caía lentamente sobre los libros, las plantas y las paredes del despacho. Ella permanecía sentada en el borde del sofá, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Él observaba el suelo con una mezcla de cansancio y desconexión, como si hubiese llegado allí después de muchos años intentando sostener algo que poco a poco se había ido vaciando por dentro. No parecían una pareja rota. Tampoco parecían enemigos. Había ternura todavía, cuidado, historia compartida, una vida construida juntos, fotografías, viajes, enfermedades atravesadas, pérdidas, celebraciones y una intimidad que había sobrevivido al tiempo. Y sin embargo, algo esencial había desaparecido.
Ella habló primero. Lo hizo con una voz baja, contenida, casi avergonzada, como si decir aquello fuese una forma de traición.
—“Lo amo profundamente… pero ya no siento deseo.”
Él levantó la mirada por primera vez en toda la sesión y respondió después de un largo silencio:
—“Yo tampoco.”
Y en ese instante apareció Eros.
No el erotismo superficial al que la cultura contemporánea ha reducido el deseo. No la excitación rápida, ni la estimulación constante, ni la compulsión sexual vacía que domina gran parte del imaginario actual. Eros es algo muchísimo más profundo, antiguo y complejo. Los griegos comprendieron esto con una lucidez extraordinaria. Eros no era simplemente el dios del amor sexual; era una fuerza de movimiento interior, una energía que empujaba al ser humano hacia aquello que todavía no posee, hacia aquello que permanece parcialmente inaccesible, misterioso y vivo. En El Banquete, Platón describe a Eros como hijo de Penia —la pobreza— y Poros —la abundancia—, mostrando que el deseo nace precisamente de la falta, de la incompletud y de la tensión entre lo que somos y aquello que buscamos alcanzar. El eros nunca aparece donde todo está completamente resuelto. Surge allí donde todavía existe distancia, misterio y apertura.
Y quizá precisamente ahí comienza la tragedia silenciosa de muchas relaciones contemporáneas.
Vivimos en una cultura que ha confundido amor con eliminación absoluta de la distancia. Se nos ha enseñado que amar significa compartirlo todo, decirlo todo, mostrarlo todo, acceder completamente al mundo interno del otro. La transparencia emocional se ha convertido en ideal romántico. Las parejas deben responder inmediatamente, comunicarse constantemente, explicarse sin descanso, demostrarse presencia continua. El silencio genera sospecha. La autonomía se interpreta como amenaza. El espacio interior del otro comienza lentamente a percibirse como un peligro para la estabilidad del vínculo. Y sin darnos cuenta, transformamos el amor en un sistema de vigilancia emocional.
Pero el eros no sobrevive fácilmente dentro de la saturación psicológica.
Porque el deseo necesita alteridad. Necesita que el otro siga siendo, en alguna dimensión profunda, un territorio parcialmente desconocido. Jacques Lacan comprendió esto de manera radical cuando afirmó que el deseo humano nunca desea aquello que posee completamente. Deseamos precisamente aquello que escapa, aquello que conserva opacidad, autonomía y misterio. Cuando el otro deja de existir como sujeto separado y se convierte únicamente en una extensión emocional de nuestras necesidades, el deseo comienza lentamente a apagarse.
Carl Gustav Jung vio este fenómeno con enorme claridad en su trabajo sobre el Anima y el Animus. Durante el enamoramiento, el otro aparece investido de una intensidad simbólica extraordinaria. No vemos únicamente a la persona real; vemos también las proyecciones inconscientes que depositamos sobre ella, las partes desconocidas de nosotros mismos que buscan manifestarse a través del vínculo. Por eso el enamoramiento tiene algo de experiencia numinosa. El amado parece abrir puertas interiores que ignorábamos. Pero Jung también advirtió que cuando una relación pierde toda distancia psicológica y se vuelve completamente fusional, el proceso de individuación comienza a deteriorarse. El sujeto deja de crecer como ser autónomo y empieza a organizar toda su estabilidad emocional alrededor de la continuidad del vínculo.
Entonces el amor deja de expandir la vida psíquica y comienza lentamente a absorberla.
En clínica esto aparece constantemente. Parejas que creen tener una intimidad perfecta porque ya no existen fronteras entre ellos. Parejas que lo comparten todo, que ya no tienen vida interior diferenciada, que han eliminado todo espacio privado en nombre de la cercanía absoluta. Se consultan cada decisión, se monitorizan emocionalmente, necesitan acceso continuo al estado interno del otro y terminan viviendo dentro de una especie de piel psíquica compartida donde cualquier movimiento de autonomía comienza a sentirse amenazante.
Didier Anzieu llamó a esto “la piel psíquica de la pareja”. Una membrana emocional compartida que inicialmente produce sensación de seguridad, protección y unidad, pero que con el tiempo puede convertirse en un espacio asfixiante donde ya no existe suficiente aire psicológico para el deseo. Porque el eros necesita porosidad. Necesita distancia simbólica. Necesita movimiento entre presencia y ausencia. Y aquí aparece una de las grandes paradojas del amor contemporáneo: muchas parejas dejan de desearse precisamente porque se han vuelto demasiado indispensables una para la otra.
El otro deja de ser descubrimiento y se convierte en regulación emocional. Ya no se lo encuentra; se lo administra. Ya no genera desplazamiento interno; garantiza estabilidad. Y aunque esto puede producir sensación de seguridad afectiva, también destruye lentamente la tensión erótica que necesita el deseo para permanecer vivo.
Rollo May escribió que Eros no es simplemente sexualidad, sino una fuerza de intensidad vital, creatividad y movimiento hacia la existencia. Cuando Eros desaparece de una relación, no desaparece únicamente el sexo. Desaparece también cierta vibración de la vida. La pareja puede seguir funcionando perfectamente: trabajan juntos, organizan la casa, hablan, cuidan uno del otro y continúan compartiendo proyectos. Pero algo en el cuerpo deja de encenderse. El vínculo se vuelve correcto, estable y emocionalmente organizado, pero pierde misterio, profundidad simbólica y pulsación interna.
Entonces sobreviene un dolor silencioso y profundamente contemporáneo: dos personas pueden seguir amándose sinceramente y, aun así, dejar de desearse.
Y esto genera culpa. Muchísima culpa. Porque hemos sido educados para creer que el amor verdadero debería producir deseo permanente. Pero psicológicamente no funcionan igual. El amor busca estabilidad, refugio y continuidad. El eros, en cambio, necesita tensión, alteridad y movimiento. El amor calma; el eros inquieta. El amor quiere permanecer; el eros quiere descubrir.
Lou Andreas-Salomé escribió algo extraordinariamente lúcido: el deseo necesita preservar una cierta soledad interior. Amar no significa eliminar toda distancia entre dos seres humanos. Significa aprender a sostener cercanía sin destruir el misterio del otro. Y quizá esta sea una de las capacidades más difíciles de nuestra época, porque vivimos aterrados frente al vacío, frente a la separación y frente a la posibilidad de no ser completamente necesarios para quien amamos.
Pero el deseo no puede respirar dentro de la absorción total.
Y entonces aparece inevitablemente la pregunta que tantas personas temen formular:
¿Qué hacer cuando ya no hay eros?
Lo primero es comprender algo fundamental: la desaparición del deseo no siempre significa ausencia de amor. Muchas veces significa exceso de fusión, exceso de control emocional, exceso de saturación psicológica. El problema no siempre es que la relación haya muerto; a veces el problema es que ya no existe suficiente espacio simbólico dentro de ella. Por eso intentar resolver la falta de deseo aumentando todavía más la cercanía suele empeorar la situación. Más control, más explicaciones, más supervisión emocional y más necesidad de confirmación solo terminan sofocando aún más el eros. El deseo no reaparece bajo presión.
Lo segundo es aceptar que el otro debe recuperar alteridad. Debe volver a existir fuera de nosotros. Debe poder tener silencio, pensamiento propio, territorio interior y respiración psíquica. El eros necesita volver a mirar al otro no solo como compañero funcional o regulador emocional, sino como ser vivo, autónomo y parcialmente desconocido. También es necesario recuperar dimensión simbólica. El deseo muere en relaciones completamente administradas, donde ya no existe juego, imaginación, espera ni tensión creativa. El eros necesita belleza, misterio, lenguaje simbólico, presencia corporal, imaginación y cierta forma de incertidumbre vital. Necesita volver a mirar al otro desde un lugar no completamente domesticado por la costumbre.
Y finalmente, hay que aceptar una verdad difícil: no todas las relaciones pueden recuperar el eros. Algunas han quedado organizadas únicamente alrededor de dependencia emocional, miedo a la soledad o estabilidad funcional. En esos casos, la pregunta ya no es cómo volver a desearse, sino si ambos están dispuestos a transformarse profundamente para permitir que vuelva a existir distancia sin vivirla como abandono.
Porque quizá nadie apagó realmente a Eros.
Quizá simplemente dejamos de darle el espacio necesario para seguir respirando.
Sobre la autora
Koncha Pinós es investigadora en neurociencia contemplativa y neuroestética, fundadora de The Wellbeing Planet y autora de 29 libros sobre conciencia, vínculos humanos, percepción y transformación interior. Dirige el Máster de Psicoterapia Contemplativa y Ecopsicología, un espacio internacional de formación dedicado al estudio profundo de la mente, la relación entre naturaleza y psique, y los procesos contemporáneos de sufrimiento emocional y búsqueda de sentido. Su trabajo integra psicología profunda, fenomenología, arte, meditación y ecopsicología aplicada.
Bibliografía




