Por qué hay que ver buen cine. Por Koncha Pinós

Cuando era niña, mi abuela me llevaba al cine envuelta en su gran chal de lana negro. Íbamos así, un solo cuerpo abrigado en la penumbra, respirando el mismo aire de expectación. La dictadura nos dejaba ver pocos títulos, pero bastaban. Recuerdo la primera vez que vimos Los Diez Mandamientos: el momento en que el Mar Rojo se abría en la pantalla, y tuve la sensación física de que aquella ola inmensa iba a salir del cine y arrastrarnos a todos. Mi abuela miraba extasiada con sus tremendos ojos grises. Creo que la vimos al menos diez veces. Nos sabíamos el guion de memoria, pero igual íbamos, como quien vuelve a un templo, sabiendo que algo sagrado volvería a suceder.

Mi abuela era una cinéfila de cuidado, y de ella heredé esa devoción silenciosa: entender que el arte es algo sagrado y que hay que darle un lugar central en la vida. Con mi primo jugábamos a ver las sombras de las personas que pasaban por la calle, proyectadas en la cálida oscuridad de nuestra gran casa. Las sombras eran personajes, presencias, preludios de lo que más tarde veríamos en la pantalla. Mis recuerdos del cine son todos hermosos, y cada uno guarda el perfume de una iniciación: la belleza de mirar juntos.

La parte esencial del amor por el cine consiste en volver a las películas importantes, una y otra vez, como quien visita a un amigo que envejece con nosotros. El cine no es una ventana al pasado, sino un espejo que sigue transformándose. Cada vez que vuelvo a una película de Rossellini, Fellini, Truffaut, Kurosawa, Tarkovski o Saura, descubro algo que no había comprendido antes: un gesto, una pausa, una mirada que ilumina un pliegue del alma humana. Ver buen cine es aprender a mirar con hondura, a escuchar el silencio entre las palabras, a reconocer la emoción antes de que tenga nombre.

El buen cine nos enseña que la belleza no está en la historia que se cuenta, sino en la forma de mirarla. Que una escena puede ser una oración, un gesto un universo, un silencio una revelación. En la penumbra compartida de una sala hay algo que ninguna red digital podrá sustituir: la respiración de los otros, la comunión estética, el misterio colectivo de mirar lo mismo y sentir distinto.

Hoy, sin embargo, la conciencia del sufrimiento parece construirse a distancia, mediada por pantallas que lo registran, lo iluminan brevemente y luego lo borran. Las guerras, los naufragios, las pérdidas se convierten en destellos que resplandecen por un instante y desaparecen de la vista, como si el dolor solo existiera mientras dura su representación. El buen cine, en cambio, no muestra: revela. Nos obliga a quedarnos, a mirar de verdad, a soportar la emoción sin huir.

Vuelvan a las salas de cine. Vayan con las personas que aman, hablen después de la película, compartan ese hermoso trabajo que hay detrás de hacer, ver y comentar una historia. Porque el cine no solo se mira: se vive y se conversa.

Mi abuela me enseñó que el arte no es un lujo: es una forma de salvación. Igual que entonces, cuando sabíamos que Moisés cruzaría el Mar Rojo y vencería al faraón, hoy sé que estamos viviendo otro gran éxodo, y no me asusta. Porque tengo grabada en el corazón aquella mirada suya que, sin duda, me dirá: cruza.


Sobre la autora

Koncha Pinós Pey es escritora, investigadora y directora de The Wellbeing Planet Foundation. Su trabajo explora la relación entre arte, ciencia y conciencia desde la neuroestética y la ecopsicología. Ha dedicado su vida a estudiar cómo la belleza, la contemplación y la imaginación transforman la mente humana.

Mas www.thewellbeingplanet.org y www.biophiliandart.com

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