Martha Nussbaum y el mapa oculto de la cosificación

Por Koncha Pinos

La filósofa Martha Nussbaum, profesora en la Universidad de Chicago y una de las pensadoras más influyentes en ética y derechos humanos, dedicó gran parte de su obra a comprender cómo se niega la dignidad de las personas y qué significa tratarlas como cosas. En su ensayo Objectification (1995) definió con precisión los mecanismos de la cosificación y mostró que no se trata de una abstracción, sino de una práctica concreta que atraviesa la vida íntima y la vida pública. Nombrar esos mecanismos es crucial, porque la cosificación suele esconderse en gestos cotidianos o en sistemas aparentemente neutrales que, bajo la superficie, reducen a las personas a objetos de uso.

Nussbaum identificó siete formas principales de cosificación. La primera es la instrumentalidad, cuando alguien es tratado solo como medio para un fin. La segunda es la negación de autonomía, cuando se actúa como si la persona no tuviera voluntad propia. La tercera es la fungibilidad, es decir, considerarla intercambiable, como si no hubiera diferencia entre una y otra vida. La cuarta es la violabilidad, la idea de que es legítimo invadir o dañar ese cuerpo porque no se reconoce su inviolabilidad. La quinta es la propiedad, cuando se cree que alguien pertenece a otro. La sexta es la negación de subjetividad, al no tomar en serio sus sentimientos o pensamientos. Y la séptima es la reducción a la apariencia, donde lo que importa no es la persona sino su cuerpo, su imagen, su forma. Estas categorías son un mapa, y como todo mapa, nos permite leer la realidad con más claridad.

Si observamos la ciencia con este marco, descubrimos que la cosificación puede instalarse allí donde la investigación convierte al sujeto en número. La instrumentalidad aparece cuando un paciente es visto solo como medio para validar un experimento. La negación de autonomía surge cuando se ignora su consentimiento o se reduce su decisión a un trámite formal. La fungibilidad se expresa cuando los cuerpos son reemplazables, simples datos en una muestra. La violabilidad se da en experimentos que traspasan los límites de lo ético. Incluso la reducción a la apariencia aparece en la biomedicina cuando se valora a la persona únicamente por su cuerpo físico, sin reconocer su biografía, su voz, su historia. La ciencia, cuando olvida la dignidad, se convierte en un espacio cosificador.

En la política, la lógica no es distinta. El ciudadano se convierte en instrumento cuando es usado para alcanzar poder, su autonomía se niega cuando la manipulación mediática suplanta la deliberación real, y su fungibilidad se revela en el modo en que los votos son intercambiables, piezas de una maquinaria electoral. La violabilidad aparece en contextos donde los derechos pueden ser suspendidos según conveniencia, la propiedad se actualiza cuando líderes hablan de “su pueblo” como posesión, y la negación de subjetividad se manifiesta en la indiferencia hacia el sufrimiento real de las comunidades. La política, en teoría garante de la dignidad, cae así en el mismo patrón que denuncia Nussbaum: tratar a las personas como cosas útiles, no como sujetos con voz y valor propio.

La salud pública también ofrece ejemplos claros. Cuando un enfermo es visto solo como gasto presupuestario, se convierte en instrumento dentro de un cálculo económico. Cuando se le impone un tratamiento sin respetar su decisión, se le niega la autonomía. Cuando su vida se reduce a estadísticas y porcentajes, se le vuelve fungible, intercambiable con cualquier otro caso. La violabilidad se expresa en sistemas que aceptan que algunos cuerpos reciban cuidado y otros no. La propiedad se cuela en discursos donde los cuerpos parecen pertenecer al Estado más que a las personas. Y la reducción a la apariencia aparece cuando la atención se centra en gestionar síntomas visibles sin escuchar lo que siente o piensa el paciente. Así, lo que debería ser el lugar más humano, la salud, se vuelve paradójicamente uno de los espacios donde la cosificación es más aguda.

El gran mérito de Nussbaum es que su teoría nos obliga a mirar con lupa lo que muchas veces normalizamos. Nos recuerda que cosificar no es solo un gesto individual de desprecio, sino un patrón estructural que atraviesa instituciones, disciplinas y sistemas de poder. Al señalar estas siete dimensiones, nos entrega un lenguaje para reconocer lo que a menudo se esconde detrás de discursos de neutralidad científica, de eficacia política o de racionalidad administrativa. Nos dice: aquí también se cosifica, aquí también se reduce al ser humano a cosa, aquí también hace falta recuperar el reconocimiento.

Cuando una mujer, un ciudadano o un paciente aprenden a mirar desde este marco, descubren que no están equivocados al sentir que algo falla. Perciben que la frialdad que experimentan en el hospital, la indiferencia de los políticos o el trato de la ciencia que los reduce a muestra no son accidentes, sino formas de cosificación. Y al nombrarlas, se abre la posibilidad de exigir otra forma de trato. Esa exigencia no es solo personal, es política: significa reclamar que la ciencia, la política y la salud pública vuelvan a situar al sujeto en el centro, no como medio, no como cifra, no como cosa, sino como alguien irrepetible y digno.

Koncha Pinos es escritora y pionera en el campo de la neuroestética. Fundadora de The Wellbeing Planet, con presencia en 49 países, ha dedicado más de tres décadas a investigar la relación entre arte, conciencia y bienestar. Autora de 27 libros y galardonada con premios internacionales como el Luxembourg Peace Prize, el Premio UNESCO, el Premio de Derechos Humanos de Europa y el Premio de la Paz de Querétaro, su trabajo une ciencia, contemplación y arte para abrir nuevas formas de comprender lo humano.

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