Hablar con Koncha Pinós implica entrar en una conversación donde la ciencia, la contemplación, la naturaleza y la experiencia humana dejan de pertenecer a compartimentos separados. Su lenguaje no se mueve únicamente entre conceptos académicos, sino entre preguntas profundas sobre qué significa habitar el mundo contemporáneo sin perder el alma, la sensibilidad ni la capacidad de percibir belleza. Desde The Wellbeing Planet, organización internacional con sede en Emiratos Árabes Unidos, Pinós impulsa desde hace años programas pro bono e investigaciones vinculadas a neurociencia social, regulación emocional, biofilia, contemplación y bienestar colectivo en distintos territorios del mundo.
Aunque recientemente The Wellbeing Planet ha comenzado un programa de acompañamiento emocional en Salta, Argentina, coordinado por la Lic. Catalina Miranda junto a la Cooperadora del Hospital Materno Infantil y Fundación Manos Abiertas, el trabajo de Koncha Pinós trasciende ampliamente este proyecto puntual. Su investigación se ha construido durante décadas entre las selvas de Chiapas, los bosques húmedos de Costa Rica y Panamá, comunidades de Colombia atravesadas por el trauma, espacios contemplativos de Japón, ciudades del Golfo Pérsico y proyectos internacionales de arte, neuroestética y conciencia.
—Koncha, gran parte de tu trabajo gira alrededor de la neurociencia social. ¿Por qué este campo se ha vuelto tan importante para ti?
Porque creo que durante mucho tiempo intentamos entender el sufrimiento humano de una manera demasiado fragmentada. La medicina miraba el cuerpo. La psicología miraba la mente. La economía miraba los recursos. Pero muy pocas veces nos preguntábamos qué le ocurre a un ser humano cuando pierde el vínculo profundo consigo mismo, con la naturaleza, con el silencio o con la experiencia de comunidad.
La neurociencia social y contemplativa me interesó precisamente porque empieza a demostrar algo muy antiguo y muy humano: el sistema nervioso no existe aislado. Nosotros vivimos regulándonos continuamente a través de las relaciones, del afecto, de la percepción de seguridad, de la mirada del otro y del entorno que habitamos.
La gran epidemia contemporánea no es únicamente ansiedad o depresión. Es desconexión.
—Hablas mucho de desconexión. ¿Qué significa exactamente eso para ti?
Significa que vivimos hiperconectados tecnológicamente y profundamente desvinculados emocionalmente. Hay personas que pasan el día entero recibiendo estímulos, mensajes, imágenes, ruido… y al mismo tiempo no recuerdan la última vez que respiraron con calma, caminaron en silencio o sintieron verdadera presencia humana.
Y eso tiene consecuencias neurológicas muy profundas. El sistema nervioso humano no fue diseñado para vivir permanentemente en estados de hiperactivación. El problema es que hoy muchas personas viven exactamente ahí: en alerta continua. Por eso para mí el bienestar no puede reducirse a productividad o gestión emocional superficial. Tiene que ver con reconstruir vínculo, percepción y sentido.
—Tu investigación incorpora naturaleza, contemplación y paisaje. ¿Cómo llegaste a esa relación?
Llegué viviendo en ella.Pasé muchos años entre selvas de Chiapas, Costa Rica y Panamá, y allí entendí algo fundamental: la naturaleza no es un decorado. La naturaleza regula conciencia. Cuando uno vive durante años escuchando pájaros, caminando entre árboles, observando horizontes abiertos o respirando otros ritmos, empieza a notar que la percepción cambia. La atención cambia. El cuerpo cambia.
Nosotros hemos evolucionado biológicamente dentro de ecosistemas naturales. El sistema nervioso reconoce esos patrones. Por eso determinados paisajes producen calma, amplitud o sensación de pertenencia. Hoy hablamos mucho de ansiedad, pero hablamos muy poco de la pérdida radical de relación con el mundo natural. El trabajo sobre la ecoansiedad y solistalgia surgio en el devenir de esos tiempos, han sido muy profundos.
—En Colombia también desarrollaste investigaciones relacionadas con arte y trauma colectivo.
Sí. Colombia fue muy importante para mí porque allí apareció con mucha fuerza la relación entre belleza y restauración emocional. Me interesaba muchísimo entender qué ocurre en comunidades atravesadas por violencia prolongada cuando reaparece la experiencia estética: el color, el paisaje, el arte, la contemplación, los bosques.
Ahí comenzamos a trabajar mucho desde biofilia y neuroestética, observando cómo ciertas imágenes o entornos podían reorganizar emocionalmente a las personas después del trauma.Creo que todavía no comprendemos completamente el impacto profundo que tiene la belleza sobre la salud mental colectiva. Todo ese trabajo sin duda alguna no hubiera sido posible sin mi relacion con Duvan Lopez, al que siempre estare agradecida.
La belleza no es lujo. La belleza regula el sistema nervioso, y eso pasa muchisimo por defender las selvas del ultraje del consumo.
—Has trabajado también alrededor de figuras como Gaudí o Picasso. ¿Qué buscabas en esas investigaciones?
Me interesaba comprender cómo determinadas arquitecturas, formas y estructuras visuales modifican la percepción humana. En el caso de Antoni Gaudí, por ejemplo, me interesa muchísimo cómo incorpora geometrías orgánicas, ritmos naturales, luz y sensación de movimiento vivo dentro de la arquitectura. Sus espacios no se perciben igual que una arquitectura rígida o puramente funcional.
Con Pablo Picasso ocurre otra cosa: aparece la ruptura perceptiva. Picasso obliga al cerebro a reorganizar la mirada. Creo que el futuro de la neuroestética será precisamente estudiar cómo el arte, la arquitectura y el paisaje afectan procesos atencionales, emocionales y cognitivos.
—¿Y qué lugar ocupa la contemplación en todo esto?
Central. Pero me interesa aclarar algo: la contemplación no es evasión ni moda wellness. La contemplación es una tecnología humana ancestral de regulación de la atención. Vivimos en una cultura completamente diseñada para dispersar la conciencia. Todo compite por nuestra atención. Todo acelera.
La contemplación hace exactamente lo contrario: ralentiza, estabiliza y reorganiza la experiencia interna. Y cuando una persona empieza a regularse internamente, cambia también la calidad de sus relaciones. Por eso para mí contemplación y neurociencia social están profundamente unidas.
—Muchos de tus programas son gratuitos o pro bono. ¿Por qué decidiste trabajar así?
Porque el bienestar no puede convertirse exclusivamente en un privilegio económico.
Existe hoy una enorme industria alrededor del bienestar, pero muchas de las personas más agotadas emocionalmente nunca llegan a esos espacios. Familias bajo estrés crónico, comunidades atravesadas por violencia o precariedad, cuidadores completamente desbordados. Muchas personas no tienen ni electricidad, como podrian tener un app de bienestar, todo eso es ridiculo
Desde The Wellbeing Planet queríamos construir otra lógica: programas donde contemplación, regulación emocional y acompañamiento humano pudieran llegar también a quienes normalmente quedan fuera. Creo que el bienestar es una responsabilidad colectiva, no solo un producto de consumo.
—¿Cuál dirías que es la gran crisis de nuestra época?
La crisis de percepción.Hemos perdido profundidad de atención. Hemos perdido silencio. Hemos perdido capacidad de presencia. Vivimos mirando pantallas pero dejamos de mirar el mundo. Dejamos de escuchar el cuerpo, los ritmos naturales, incluso el dolor del otro.
Por eso creo que el futuro del bienestar no será solamente farmacológico o tecnológico. Será profundamente humano. Tendrá que ver con reconstruir comunidad, percepción, contemplación y sentido. Porque quizá la pregunta más importante de nuestro tiempo no sea cómo vivir más rápido… sino cómo volver a habitar la vida con profundidad.
Bibliografía destacada de Koncha Pinós





