He sentido siempre una profunda fascinación por los espacios intermedios, por esos territorios que no son del todo una cosa ni la otra, que parecen escaparse de la lógica habitual del tiempo y del espacio. En los aviones transcontinentales, cuando de repente vives dos veces el mismo día porque la trayectoria del vuelo rompe la secuencia de la luz y el calendario se desdobla, se revela una certeza: la realidad no es tan estable como creemos, hay fisuras, hay umbrales, hay grietas por donde se cuelan otras dimensiones. En esos momentos se abre lo imaginal. No me refiero a lo imaginado, simple juego de la fantasía que se evapora como un sueño sin sustancia. Hablo de lo imaginal, ese mundo real y sutil del que habló Henry Corbin al leer a los filósofos persas, un plano intermedio donde habitan formas de luz, símbolos vivos, presencias que se revelan en sueños, visiones, estados meditativos y experiencias liminales.
La experiencia de lo imaginal no ocurre en los centros estables de la vida, sino en sus márgenes. En los últimos cinco minutos de una conversación, cuando de pronto alguien anuncia un cambio inesperado; en el instante entre la vigilia y el sueño, cuando ya no estás despierto pero tampoco dormido; en la respiración de la meditación, cuando no sabes si inhalas desde dentro o desde fuera; en la despedida en una estación o en un aeropuerto, cuando la emoción suspende el tiempo. Es en esos espacios fronterizos donde se produce el contacto con lo invisible.
¿Qué tal si esos espacios imaginales también estuviesen habitados por seres invisibles, sin materia, sin forma, pero con presencia? ¿Qué tal si esos seres fueran mediadores de los mundos intermedios, guardianes de los umbrales? Allí viven los ángeles. Son especialistas en transiciones, habitantes de realidades intermedias que nos recuerdan que lo real no se agota en lo material.
En la tradición islámica se habla del Malakūt, término que procede de malak (ángel) y que designa el reino angélico, el dominio invisible donde habitan las criaturas de luz. El Corán presenta a los ángeles como presencias creadas antes que el hombre, encargadas de transmitir la revelación y acompañar a las almas. Los filósofos islámicos distinguieron, además, el ʿĀlam al-mithāl (el mundo de las Imágenes arquetípicas), como la dimensión intermedia en la que las realidades espirituales adquieren forma visible en sueños, visiones y estados contemplativos. Avicena habló del intelecto agente como de una instancia angélica que hace posible el conocimiento, Suhrawardī imaginó jerarquías de luz que se despliegan desde la fuente primera hasta las conciencias individuales, e Ibn ʿArabī describió al ángel personal, ese señor propio que guarda el secreto de cada destino.
En el judaísmo, los malʾakh son mensajeros que anuncian y protegen, y en la Cábala se multiplican en jerarquías donde Metatrón ocupa un lugar central como mediador de la presencia divina. Jacob soñó una escalera donde ángeles suben y bajan, recordándonos que la vida humana está unida a lo divino a través de presencias invisibles. El cristianismo heredó esta visión y la expandió: Dionisio Areopagita habló de los nueve coros que ordenan el cosmos como un templo de luz, y Tomás de Aquino definió a los ángeles como intelectos puros. El arte cristiano los representó con belleza: Fra Angelico los pintó suspendidos en oro, el canto gregoriano evocó coros celestiales, y los místicos medievales los sintieron como compañeros de camino.
En Oriente, los devas y apsaras del hinduismo cumplen también funciones de mediación y protección; en el budismo, las dakinis irrumpen en visiones y sueños para guiar a la conciencia hacia la sabiduría. En las culturas indígenas de América y África aparecen espíritus guardianes y animales de poder que acompañan en rituales y viajes chamánicos. Aunque los nombres cambien, la función es la misma: habitar los umbrales, mediar entre lo humano y lo divino, ofrecer guía y protección.
La ciencia moderna nombra estas vivencias como fenómeno de presencia sentida: la certeza subjetiva de que alguien más está presente aunque no haya estímulos externos. El explorador Ernest Shackleton fue el primero en describirlo tras su expedición antártica (1914–1917), relatando en su libro South la presencia de un cuarto caminante invisible que acompañó a su grupo en los momentos más duros. En 2009, John Geiger popularizó el concepto en su obra The Third Man Factor, recopilando testimonios de montañistas, náufragos y exploradores. El término se traduce como el Factor del Tercer Hombre y designa esa sensación de compañía invisible que da fuerza y orientación en situaciones extremas. La neurología lo ha relacionado con el lóbulo temporoparietal, capaz de generar la sensación de doble o de compañía; la psiquiatría lo llama alucinación de presencia; la psicología de la religión lo interpreta como tendencia natural a percibir agentes invisibles. Desde la neuroestética, sin embargo, lo entendemos como la activación de circuitos cerebrales a través de la luz, el sonido, la simetría o la danza, que inducen estados de apertura, calma y trascendencia.
Henry Corbin, filósofo e islamólogo, dio forma a esta intuición al hablar del mundus imaginalis. Distinguió lo imaginal de lo imaginado: lo imaginado es ilusión, lo imaginal es un nivel real de la existencia accesible a través de visiones y sueños. Corbin llevó estas ideas al Círculo de Eranos, fundado en Ascona en 1933 por Olga Fröbe-Kapteyn, donde dialogó con Carl Gustav Jung, Mircea Eliade, Gershom Scholem, D. T. Suzuki, Károly Kerényi y Louis Massignon, entre otros. Allí Oriente y Occidente se encontraron para pensar juntos símbolos, arquetipos, religiones y lo imaginal. Corbin también mantuvo un fecundo diálogo con Martin Heidegger en torno a la hermenéutica y la fenomenología del ser. Eranos fue un verdadero laboratorio espiritual donde lo invisible se pensó como patrimonio de la humanidad.
Lo imaginal que sepamos hasta ahora pertenece a la condición humana, pero cabe preguntarse si los animales o las plantas, con sus formas singulares de sensopercepción, no tendrán también acceso a experiencias imaginales. Si lo imaginal es un nivel de la realidad, ¿por qué limitarlo a nuestra especie? Sería apasionante estudiar cómo se producen estas experiencias, qué factores las desencadenan —la soledad, la crisis, la contemplación, el arte, la naturaleza— y de qué modo configuran nuestra relación con el mundo.
Lo bello de la vida es precisamente eso: todo lo que no sabemos, todo lo que se abre en los bordes, todo lo que nos espera en los umbrales de lo imaginal.
Koncha Pinós, pionera en el campo de la neuroestética, es escritora, viajera, psicoterapeuta contemplativa y directora de The Wellbeing Planet, organización con presencia en 49 países. Su trabajo entrelaza arte, ciencia y espiritualidad, explorando cómo la belleza, la contemplación y la naturaleza transforman la conciencia humana. Autora de 27 libros, entre ellos Biofilia y Arte, ha investigado la obra de Gaudí, Picasso y Duván López, y ha desarrollado proyectos internacionales sobre arquitectura, paisajes terapéuticos y estados expandidos de conciencia.
Conoce nuestras propuestas:





