La cosificación y la urgencia de nombrarla

Por Koncha Pinos

La cosificación es una de las experiencias más invisibles y dolorosas de la vida humana. Reducir a alguien a cosa, a objeto de uso o de intercambio, no es un gesto aislado ni evidente: es un patrón cultural tan antiguo como profundo, que se repite de manera silenciosa en nuestras relaciones más cotidianas. Lo difícil de la cosificación es que rara vez se presenta de forma clara. Se disfraza, se camufla en conductas aceptadas, en hábitos sociales, en gestos que parecen normales. Habita en lo inconsciente, en lo no nombrado, en aquello que se transmite sin palabras de generación en generación. Precisamente por eso, aprender a reconocerla se vuelve una tarea de conciencia urgente.

Simone de Beauvoir lo advirtió en El segundo sexo: la mujer ha sido definida históricamente como “lo Otro”, un espejo en el que el hombre se afirma como sujeto. Esa mirada convierte a la mujer en objeto secundario, siempre en función de alguien más. Jessica Benjamin, desde el psicoanálisis, explicó cómo el patriarcado convierte a las mujeres en objetos de intercambio entre hombres, negándoles la condición de sujetos con voz propia. Martha Nussbaum, en un ensayo ya clásico, ofreció un marco para comprender cómo opera la cosificación en lo íntimo y en lo social. Estas teorías convergen en una misma conclusión: cosificar es deshumanizar, aunque a menudo se presente como gesto de amor, de cuidado o incluso de protección.

Imaginemos a una mujer cualquiera, no distinta de tantas. Ella vive una relación en la que cree ser amada, pero poco a poco advierte que sus decisiones no cuentan, que su voz se ignora, que su cuerpo es tratado como territorio disponible, que su valor está reducido a lo que ofrece y no a lo que es. A veces ni siquiera lo percibe de inmediato: siente tristeza, vacío, cansancio, pero no logra poner palabras a lo que ocurre. La cosificación se esconde detrás de la idea de que “así son las cosas” o de que “no hay otra forma de ser querida”. El daño no es solo externo: es también interno, porque ella empieza a mirarse con los mismos ojos que la reducen. Así funciona el patrón: es invisible, se instala en lo inconsciente, y solo más tarde, con dolor, puede reconocerse.

Los efectos son devastadores. El cuerpo se acostumbra a tensarse, como si siempre esperara la invasión. La mente duda de sí misma, preguntándose si merece ser tratada de otra manera. El alma se marchita, porque la experiencia de no ser mirada como sujeto genera una herida difícil de nombrar. La psicología social lo ha confirmado: estudios como los de Susan Fiske muestran que, cuando una persona es percibida como objeto, el cerebro activa áreas vinculadas al uso de herramientas, no al reconocimiento interpersonal. Lo invisible se vuelve biología, y lo cultural se convierte en huella psicológica.

Precisamente porque se camufla, identificar la cosificación es vital. Nombrarla permite romper el patrón y recuperar la dignidad. Cuando una mujer dice “esto no es amor, esto es cosificación”, empieza un proceso de emancipación interna y externa. Al reconocerla, protege a la niña interior que anhela ser vista, impide que se repitan vínculos abusivos, abre la posibilidad de educar a las nuevas generaciones en relaciones de reconocimiento y aporta a la transformación de una cultura que convierte cuerpos, pasaportes o posiciones en mercancía. Identificar la cosificación no es un gesto individual: es también un acto político, porque cuestiona el sistema que normaliza esa reducción.

Desobedecer la cosificación implica coraje. Significa aprender a nombrar lo que ocurre aunque duela, poner límites firmes aunque desconcierten, recuperar la autoafirmación y recordarse a sí misma que es alguien y no algo. Supone crear refugios internos para la niña que habita en cada mujer, darle ternura y seguridad, decirle que no volverá a ser abandonada. Y también supone tejer redes de apoyo donde otras mujeres puedan reconocerse como sujetos, no como objetos. Cada límite puesto es una forma de resistencia, cada “no” dicho a tiempo es una afirmación de dignidad.

La cosificación es la violencia más sutil y, quizás por eso, la más extendida. No siempre se reconoce como violencia, porque se confunde con lo normal, lo cultural, lo esperado. Pero al nombrarla, algo cambia. El hechizo se rompe. El silencio deja de ser cómplice. Surge un espacio donde la relación ya no es de cosa a cosa, sino de sujeto a sujeto.

Koncha Pinos es escritora y pionera en el campo de la neuroestética. Fundadora de The Wellbeing Planet, con presencia en 49 países, ha dedicado más de tres décadas a investigar la relación entre arte, conciencia y bienestar. Autora de 27 libros y galardonada con premios internacionales como el Luxembourg Peace Prize, el Premio UNESCO, el Premio de Derechos Humanos de Europa y el Premio de la Paz de Querétaro, su trabajo une ciencia, contemplación y arte para abrir nuevas formas de comprender lo humano.

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