Cómo el color influye en tu estado emocional y somático

Introducción: el color como condición de la experiencia

Por Koncha Pinós
Neuroestética aplicada y percepción encarnada
The Wellbeing Planet

Hay algo profundamente problemático en la forma en que hoy hablamos de bienestar. Se insiste en el individuo, en su capacidad de regularse, de pensar mejor, de sostener estados internos más estables, como si todo ello pudiera ocurrir al margen de las condiciones en las que esa experiencia tiene lugar. Se habla de emoción como si fuese interna, de pensamiento como si fuese autónomo, de percepción como si fuese neutra. Y, sin embargo, basta con alterar el color de un espacio, modificar la luz o introducir una variación cromática sostenida para que todo el sistema —sin excepción— comience a reorganizarse. No después, no como interpretación, sino antes. A nivel somático. A nivel de base.

El color no es una cualidad de las cosas. Es una construcción de la percepción. Y, precisamente por eso, sus efectos no son decorativos, sino estructurales. Si seguimos a Zeki, la experiencia del color no puede reducirse a un dato sensorial, sino que implica una construcción cortical compleja en la que intervienen memoria, expectativa y emoción de forma integrada (Zeki, 1999). El color no se añade a la experiencia: la configura. Y en esa configuración, lo que está en juego no es únicamente lo visual, sino la forma en que el organismo entero se orienta en el mundo.

Desde la psicología del color, autores como Elliot han mostrado cómo determinadas variaciones cromáticas afectan al rendimiento, a la conducta y a la toma de decisiones (Elliot & Maier, 2014). Pero lo relevante aquí no es el efecto aislado, sino la condición que lo hace posible. El color no cambia directamente lo que sentimos. Cambia las condiciones en las que sentir es posible. Introduce un tipo de exigencia perceptiva o, por el contrario, una reducción de esa exigencia. Y es en ese margen donde el sistema se reorganiza.

Si nos desplazamos hacia una lectura más ecológica, Gibson nos obliga a abandonar la idea de una percepción interna que reconstruye el mundo. La percepción, en su enfoque, es una relación directa con el entorno (Gibson, 1979). El color, entonces, no es un estímulo aislado, sino parte de un campo de posibilidades de acción. No se percibe como un dato, sino como una invitación, una restricción o una modulación de la experiencia. El entorno no se observa: se habita. Y en ese habitar, el color participa activamente en la organización de lo que puede ocurrir.

A nivel somático, esta relación se vuelve aún más evidente. Si seguimos a Porges, el sistema nervioso autónomo está en un estado constante de lectura del entorno, ajustando niveles de activación en función de señales que no pasan necesariamente por la conciencia (Porges, 2011). El cuerpo no espera a que la mente interprete. Responde directamente a lo que percibe. Y en ese proceso, el color forma parte del campo de señales que indican seguridad, alerta o neutralidad. No como código simbólico, sino como condición perceptiva.

En el ámbito de la neuroestética, Chatterjee plantea que la experiencia estética no es un lujo, sino una forma de organización del sistema (Chatterjee, 2014). Esto implica que ciertas configuraciones visuales —incluido el color— pueden facilitar estados de coherencia o, por el contrario, intensificar la fragmentación. El problema no es la intensidad en sí, sino la relación entre la intensidad y la capacidad del sistema para procesarla. Cuando esta relación se rompe, aparece la saturación.

En la práctica, esto es evidente. No en el plano teórico, sino en la experiencia directa. Basta con entrar en un espacio cromáticamente saturado para sentir cómo la atención se fragmenta, cómo el cuerpo se activa, cómo la mente se vuelve más reactiva. Y basta con una variación —a veces mínima— para que algo se reorganice. No porque “nos guste más”, sino porque el sistema deja de tener que defenderse del entorno.

El color, en este sentido, no es un elemento más dentro del diseño. Es una de las condiciones que determinan la forma en que la experiencia puede sostenerse. No actúa sobre la emoción como un disparador lineal, sino como un modulador del campo en el que lo emocional y lo somático emergen como una unidad.

Y es precisamente en ese punto —donde la percepción deja de defenderse y comienza a sostenerse— donde aparece el azul.

Perfil de la Autora.

Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es especialista en neurociencia contemplativa, psicología y neuroestética, con una trayectoria internacional centrada en el estudio de la percepción, la conciencia y la experiencia estética como vías de regulación emocional y transformación humana. Es fundadora y directora de The Wellbeing Planet, una red global presente en decenas de países que desarrolla proyectos de investigación, formación y aplicación en biofilia, bienestar y conciencia.

Autora de más de 29 libros y numerosos artículos, su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, ciencia y psicología profunda, explorando cómo la experiencia estética y la relación con la naturaleza inciden en los estados de conciencia, la cognición y la salud mental. Ha colaborado con museos, artistas y comunidades internacionales, desarrollando programas aplicados en contextos clínicos, educativos y culturales.

Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), la APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (Estados Unidos), el programa de Art and Architecture de UNESCO (Emiratos Árabes Unidos) y la International Society for Contemplative Research (Estados Unidos). Su enfoque integra neurociencia, psicología existencial y prácticas contemplativas, con especial atención a los procesos de regulación en contextos de incertidumbre, crisis y transformación.

Bibliografía

– Zeki, S. (1999). Inner Vision: An Exploration of Art and the Brain. Oxford University Press.
– Elliot, A. J., & Maier, M. A. (2014). Color psychology: Effects of perceiving color on psychological functioning. Annual Review of Psychology.
– Gibson, J. J. (1979). The Ecological Approach to Visual Perception. Houghton Mifflin.
– Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. Norton.
– Chatterjee, A. (2014). The Aesthetic Brain. Oxford University Press.

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