La práctica, el maestro y la tierra
Por Koncha Pinós
Después de tantos años sigo escuchando a mi maestro decirme una única frase: ¿tú a dónde quieres ir, a lo abstracto o a lo concreto? Esa pregunta, aparentemente sencilla, contiene una enseñanza inmensa. Durante mucho tiempo pensé que la meditación era un camino hacia lo sutil, hacia la conciencia, hacia la comprensión profunda de la mente y de sus movimientos invisibles. Y lo es. Pero con los años he entendido que toda práctica que no regresa a la vida concreta corre el riesgo de convertirse en una forma refinada de evasión.
A veces, en mis clases, encuentro estudiantes que quieren entenderlo todo. Preguntan por cada detalle, por cada tradición, por cada estado mental, por cada diferencia entre atención, conciencia, presencia, compasión o vacuidad. Su inteligencia busca mapas. Y los mapas son necesarios. Pero también encuentro estudiantes que apenas terminan una formación y ya desean enseñar. Quieren guiar a otros, abrir grupos, ocupar un lugar de transmisión. Su entusiasmo es hermoso, pero también delicado. Porque tanto quien pregunta demasiado como quien enseña demasiado pronto puede estar evitando lo mismo: la experiencia directa de practicar.
La meditación no nació como una profesión ni como una certificación. Nació como una relación radical con la existencia. Nació cuando alguien decidió sentarse y mirar de frente el sufrimiento, la impermanencia, el miedo, el deseo, la muerte, el amor y la confusión. Nació cuando alguien comprendió que no bastaba con pensar la vida; había que habitarla. Por eso, cuando la práctica se vuelve excesivamente abstracta, pierde tierra. Y cuando se convierte demasiado pronto en enseñanza, puede perder raíz.
Con los años he comprendido que no hay buen docente de meditación sin una relación profunda con el linaje. No hablo únicamente de pertenecer formalmente a una escuela, sino de reconocer que nada de lo esencial nos pertenece. Hemos recibido palabras, gestos, silencios, instrucciones, errores, correcciones, ejemplos y presencias de quienes caminaron antes. Cada uno ocupa un lugar en esa corriente. Pero ocupar un lugar no significa apropiarse de ella. Significa custodiarla con respeto.
Para enseñar meditación hay que respetar a los propios maestros. Hay que reconocer de dónde viene aquello que transmitimos. Hay que recordar quién nos sostuvo cuando no entendíamos, quién nos corrigió cuando nos perdimos en la fantasía, quién nos devolvió a lo concreto cuando queríamos refugiarnos en lo abstracto. Un maestro verdadero no siempre nos dice lo que queremos escuchar. A veces nos devuelve a la tierra. A veces nos pregunta por nuestra vida real, por nuestras decisiones, por nuestra forma de amar, de trabajar, de cuidar, de responder ante el conflicto.
Y ahí aparece Jung, inevitablemente. Porque Jung comprendió que la sombra no vive únicamente en nuestras emociones más oscuras. También vive en nuestras formas más elegantes de escapar. La sombra puede esconderse en la necesidad de enseñar, en la prisa por ser reconocidos, en el deseo de parecer profundos, en la espiritualidad convertida en identidad. Puede disfrazarse de servicio, de sabiduría o incluso de humildad. Por eso la práctica contemplativa necesita vigilancia interior. No para volvernos duros con nosotros mismos, sino para aprender a mirar con honestidad.
La pregunta de mi maestro sigue siendo una brújula: ¿a lo abstracto o a lo concreto? Lo abstracto puede ser bello, pero lo concreto nos revela. Lo concreto es cómo tratamos a quien tenemos cerca. Cómo respondemos cuando somos heridos. Cómo escuchamos cuando alguien sufre. Cómo sostenemos una pérdida. Cómo cuidamos una planta. Cómo habitamos nuestra casa. Cómo usamos la palabra. Cómo pedimos perdón. Cómo permanecemos cuando la vida no se ajusta a nuestra idea espiritual de nosotros mismos.
Por eso insisto tanto en volver a la tierra. La tierra no permite demasiadas fantasías. Una semilla necesita tiempo. Una raíz necesita profundidad. Una planta no florece porque alguien le explique la iluminación. Florece cuando encuentra condiciones reales: agua, luz, suelo, cuidado y paciencia. La meditación también. No basta con comprenderla. Hay que crear las condiciones para que pueda echar raíces en la vida.
Después de tantos años sigo sintiéndome estudiante. Quizá más que nunca. Porque cuanto más camino, más comprendo que la práctica no consiste en llegar a un lugar, sino en regresar una y otra vez a lo esencial. Respirar. Observar. Escuchar. Agradecer. Reconocer la sombra. Honrar a quienes nos enseñaron. No confundir la profundidad con la complejidad. No confundir la enseñanza con la necesidad de ocupar un lugar.
Tal vez esta sea mi carta más sincera a los estudiantes: no tengáis prisa por enseñar. Tened prisa por practicar con honestidad. No busquéis parecer profundos. Buscad vivir con profundidad. No os apropiéis de la enseñanza. Cuidadla. No olvidéis a vuestros maestros. No olvidéis la tierra. No olvidéis que toda meditación verdadera debe poder tocar la vida concreta, que tiene mil formas.
Porque al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿a dónde queremos ir, a lo abstracto o a lo concreto?
Y quizá solo cuando somos capaces de responder desde la vida, no desde el discurso, comienza realmente la práctica.





