Por Koncha Pinós
Hay momentos históricos en los que la pregunta no es si amamos la naturaleza, sino si todavía sabemos hacerlo. Durante décadas hemos repetido, casi como un mantra, que el ser humano posee una inclinación innata hacia la vida. Desde que Edward O. Wilson formuló la hipótesis de la biofilia, la idea de que existe una afinidad biológica hacia lo vivo ha permeado la psicología ambiental, la arquitectura, la educación y las políticas públicas. Hemos construido hospitales con jardines, escuelas con huertos, ciudades con parques verticales. Hemos llenado discursos de palabras verdes.
Hoy desde la ecopsicología, cuando la teoría deja de ser una afirmación cómoda y se convierte en experiencia vivida, la pregunta cambia: ¿qué sucede cuando la naturaleza no despierta amor sino rechazo? ¿Qué ocurre cuando el bosque inquieta, cuando el silencio abruma, cuando la tierra huele a amenaza y no a hogar?
Ahí aparece la biofobia.
La biofobia no es simplemente miedo a los insectos o incomodidad ante la lluvia. Es una ruptura más profunda: una alteración en la relación primaria con lo vivo. Si la biofilia es afinidad, la biofobia es distanciamiento defensivo. No nace de la maldad ni de la ignorancia, sino del trauma, de la cultura y de la historia. Allí donde la naturaleza ha sido escenario de peligro —hambre, enfermedad, violencia— el sistema nervioso aprende a desconfiar. Allí donde la urbanización ha sustituido la experiencia directa por pantallas y superficies asépticas, lo natural se vuelve extraño.
En las clases de ecopsicología planteábamos una crítica necesaria: la biofilia no puede convertirse en dogma. No toda persona responde con serenidad ante un paisaje. No todo jardín regula el sistema nervioso. No todo canto de pájaro es percibido como música. La experiencia estética de lo vivo está mediada por memoria, cultura y biografía.
La neurociencia nos recuerda que la percepción no es un espejo, sino una construcción. El cerebro no registra la naturaleza como “naturaleza”, sino como un conjunto de señales interpretadas a través de circuitos emocionales previos. Si alguien ha vivido una inundación devastadora, el sonido del agua puede activar alerta, no calma. Si la infancia transcurrió en un entorno rural asociado a dureza o abandono, el campo puede despertar tristeza, no pertenencia.
Idealizar la biofilia es ignorar la complejidad del sistema nervioso.
La crítica contemporánea ha señalado que la hipótesis de Wilson, aunque sugerente, no siempre distingue entre predisposición evolutiva y respuesta cultural. Amar la vida no significa necesariamente amar cualquier manifestación de la vida. Nuestro cerebro evolucionó tanto para la afiliación como para la evitación. La serpiente fascinaba y aterraba al mismo tiempo. La noche protegía y amenazaba. La ambivalencia forma parte de nuestra herencia biológica.
Por eso la ecopsicología madura no romantiza. Interroga.Interroga el modo en que la modernidad ha separado al ser humano de los ciclos naturales. Interroga el modo en que el capitalismo ha convertido la naturaleza en recurso, paisaje en producto, experiencia en consumo. Pero también interroga la tendencia opuesta: la idealización ingenua del retorno al bosque como solución universal.
Entre biofilia y biofobia hay un espectro.
He visto personas conmoverse ante un árbol centenario y otras sentirse pequeñas y desprotegidas. He acompañado procesos terapéuticos en los que el contacto con la tierra despertaba memorias somáticas profundas, no siempre placenteras. La naturaleza amplifica lo que somos. No discrimina. Si hay armonía interior, la expande; si hay fragmentación, la revela.
Desde la perspectiva sistémica, la biofobia puede entenderse como un síntoma cultural. Vivimos en sociedades que han desplazado lo orgánico por lo artificial, lo cíclico por lo lineal, lo lento por lo inmediato. El cuerpo se desacostumbra a la irregularidad del suelo, al cambio de estaciones, a la oscuridad real de la noche. El sistema nervioso, hiperestimulado por pantallas, encuentra el silencio inquietante. No porque el silencio sea hostil, sino porque hemos perdido tolerancia a la ausencia de estímulo.
En términos psicofisiológicos, podríamos decir que la biofobia emerge cuando el ancho de banda del sistema nervioso es estrecho. Cuando la ventana de tolerancia es limitada, cualquier variación —un sonido imprevisto, un insecto que roza la piel, el crujido de una rama— puede ser interpretada como amenaza. La regulación precede al vínculo. Sin coherencia interna, no hay apertura a lo vivo.
Aquí la biofilia deja de ser una hipótesis biológica y se convierte en una práctica. No es solo una inclinación innata; es una competencia relacional que puede cultivarse. Del mismo modo que aprendemos a escuchar, podemos reaprender a habitar un paisaje. No desde la imposición, sino desde la exposición gradual, consciente y acompañada.
La pregunta crucial no es si somos biofílicos por naturaleza. La pregunta es: ¿qué condiciones permiten que esa afinidad emerja sin forzarla? La respuesta no es uniforme. Para algunas personas será el agua; para otras, la montaña. Para unas, el jardín ordenado; para otras, el bosque salvaje. La diversidad de paisajes refleja la diversidad de sistemas nerviosos.En la clase concluíamos con una reflexión incómoda: quizás la biofobia no sea el enemigo, sino el indicador. Indica una herida en la relación. Indica una historia no integrada. Indica una cultura que ha olvidado cómo estar en el mundo sin dominarlo.
La ecopsicología no consiste en obligar a amar la naturaleza, sino en restaurar la posibilidad de vínculo. Eso implica reconocer el miedo, la ambivalencia y el rechazo sin juzgarlos. Implica ampliar la capacidad de regulación interna para que el encuentro con lo vivo no active defensa, sino curiosidad.
Entre biofilia y biofobia no hay una frontera rígida. Hay un movimiento. Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea demostrar que amamos la vida, sino preguntarnos qué nos impide sentirla como propia. Porque si la biofilia es la memoria de pertenecer, la biofobia es la memoria de habernos separado. Y toda separación puede, con conciencia, convertirse en reencuentro.
Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es neurocientífica contemplativa, fundadora y directora de The Wellbeing Planet, organización internacional presente en 49 países dedicada a la integración de arte, naturaleza y conciencia en salud mental y educación. Reside en Emiratos Árabes Unidos y desarrolla proyectos globales en neuroestética, biofilia, psicoterapia contemplativa y arquitectura del bienestar.
Es autora de 29 libros, entre ellos Biofilia y Arte, donde propone una lectura crítica y experiencial de la relación entre el sistema nervioso y los paisajes vivos. Su trabajo combina investigación aplicada, creación artística y desarrollo de jardines terapéuticos, laboratorios biofílicos y programas formativos en América Latina, Europa y Medio Oriente.
Ha colaborado con artistas contemporáneos y museos internacionales, y ha desarrollado investigaciones en torno a figuras como Gaudí, Picasso y la sensopercepción estética. Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (EE. UU.), UNESCO Art & Architecture (EAU) e International Society for Contemplative Research (EE. UU.).
Su trabajo ha sido reconocido con el Luxembourg Peace Prize, el Premio UNESCO a la Educación y el Premio de la Paz de Querétaro (México).
Bibliografía




